Parecería lógico pensar en el valor pedagógico que tiene la programación didáctica. Sucede que en ocasiones este VALOR, se ve minorado por el mal uso que se realiza de la misma, en tanto y en cuanto, en más de una ocasión, no deja de ser más que un "documento burocrático" que se solicita desde distintos niveles de la gestión de la formación.
Como pedagoga, reconozco que esto me disgusta bastante porque SÍ CREO en la valía de la programación didáctica. Creo realmente que debería ser nuestra guía, nuestra brújula a lo largo del proceso formativo. Me remito a una frase de M.A Zabalza quien afirma que "si algo puede y debe aportarnos la programación es saltar de la gestión rutinaria de la enseñanza a un saber consciente autorregulado" Esta cita, que tal vez contenga terminología más técnica, no deja de resaltar el mérito que tiene la programación como reflexión previa del docente... como visualización de todo el proceso antes de que éste se de.
Claro está, que si la programación resulta ser un documento que "sólo cubre expediente" no tendrá ninguna significación para nuestro trabajo profesional, sino mas bien todo lo contrario, nos desmotivará, y nos restará un tiempo que si fuera realmente invertido en prever cómo podría ser el proceso de enseñanza aprendizaje nos ayudaría a focalizar nuestras acciones pedagógicas.
Como continúa Zabalza, programar no es dejar al azar la acción formativa que vamos a emprender; es reafirmar nuestra actitud activa frente a un programa dado; ser partícipes de un espíritu de transformación que entiende la acción formativa como un todo integrado y no como un sucederse continuado de tareas.
Tener preparada una programación no implica rigidez; todo lo contrario la programación debería ser siempre sinónimo de:
- Dinamismo.
- Fexibilidad.
- Creatividad.
- Sistemáticidad.
- Integración.
- Prospección.
- Funcionalidad...
Ser capaces de anticiparnos al proceso de enseñanza aprendizaje, sin dejar de ser flexibles a la hora de adaptarnos a las necesidades e intereses formativos de nuestro alumnado a lo largo de la acción formativa, seguramente nos aportará seguridad en nuestra labor. La improvisación en si misma, sin tener en cuenta objetivos pedagógicos puede resultar perjudicial, pero si esa misma improvisación se asocia a un ambiente de trabajo vivo, dinámico, que tiene claro los objetivos pedagógicos a conseguir, que tiene en cuenta las competencias a desarrollar, seguramente sea un elemento positivo que redunde en beneficio del alumnado y del propio profesorado.
Programar sería como trazar un camino por el que se ordena aquello que queremos hacer y que nos servirá de orientación...
Y nosotros como docentes...


